Mariplatónica desde 1996 y antes

He conseguido ser de muchos pocos como decían mi padre y mi abuela

martes, 16 de febrero de 2016

23 23

Quedamos en la cafetería del centro comercial.
La busqué por todas partes y le di dos vueltas a aquello.  
  • ¿Dónde estás?- le dije llamándola al móvil-, no te veo por ninguna parte.
  • ¡Ah!, no te lo he dicho, estoy en la cafetería de abajo.
  • Con razón, yo estoy en la de arriba.
 Ascensor, bajada al parking, subida a la planta baja, finalmente me salgo del acensor y me voy por la escalera hasta la planta donde está la otra cafetería
  • ¡Qué guapa vas!
  • Pues tú también! Qué botas más chulas, y con ese jersey... ¡estás hecha una pija macarra!, ese jersey es muy bonito.
  • Pues me las compré en una zapatería que está cerca de la catedral y la dependienta se emocionó cuando me las llevé.
  • ¿Que se emocionó?
  • Sí, sí, se emocionó porque me las llevaba.
  • Wode, no entiendo...
  • Pues sí, lo que te digo, al principio no me hizo ni caso pero luego, cuando vio que me las iba a llevar, me atendió muy bien y al final se emocionó.
Yo me bajé de mi taburete para verlas mejor mientras ella estiraba sus largas piernas.

- Menudas botacas... ¡son magnificas!

Y pagamos y nos fuimos a comprar un regalo, y ya pensábamos en ir a otra parte cuando pasamos por la sección de faldas y Wode se paró porque quería una falda vaquera. Mientras hablaba con la dependienta pidiéndole dos tallas diferentes, vio en el mostrador un sombrero gris marengo y granate muy bonito que le gustó; acto seguido se lo probó, le sentaba bien, y acto seguido me lo colocó en la cabeza y me dijo que me sentaba muy bien, que debería de llevar sombrero y que ése era idóneo para mí.
  • Wode, yo ya no llevo sombrero, llevé hace muchos años con frecuencia pero ya casi no me pongo sombrero, sólo de vez en cuando...
  • Pues deberías ponértelo.
Se probó las faldas, eligió una y se dispuso a pagarlas, y, mientras lo hacía, cogió el sombrero y le dijo a la dependienta que lo añadiera a la compra y yo le dije:
  • Wode, el sombrero será para ti...
Acabó de pagar y mientras caminábamos sacó el sombrero de la bolsa. Sobra decir para quién era el sombrero: me lo coloqué allí mismo, como hacía mi padre, que se iba de las tiendas estrenando lo que acababa de comprar.

 
                                

Por la noche, paseando por la Ciudad del Mar, mi ciudad materna, en la que nos habíamos habíamos echado fotos hasta con un loro (bueno, más o menos), le dije:
  • Wode, me falta información, sigo sin entender por qué se emocionó la dependienta..
  • Pues porque le gustaban mucho esas botas, le gustaban especialmente y nunca se las llevaba nadie, entonces, cuando vio que yo estaba determinada a hacerlo y que me venían bien, que eran de mi número y que finalmente me las llevaba, pues no es que llorara, no, pero le entró emoción.
... Al día siguiente, mientras yo corregía, ella se acercó a la mesa donde yo estaba y merendó algo y comenzamos a charlar, y no sé cómo acabamos hablando de la capacidad de sugestión y de las cosas que se nos quedaban grabadas en la memoria, de esas más o menos absurdas que se te quedan ahí y que recurrentemente aparecen en la mente ante un estímulo o lo que sea que las desencadene. Entonces ella comenzó a hablarme de una de esas cosas que le pasó hace tiempo en un trámite burocrático con una mujer; la mujer le pidió un número suyo personal, ella se lo dió: “es el 23 23..” y la mujer le decía: “ya, 23, y ¿qué más?”, “ 23 23” continuaba Wode, y la mujer, con tono de impaciencia le dijo: “ ya, ya, 23, ya, continúe..” y Wode: “”23 23 le digo, se repite el número, no me repito yo..” . “Ahhh!!!", comprendió la mujer debiendo cambiar de tono: “¡es que es raro!, ¡esto mismo se lo han debido de preguntar muchas veces!!", justificando su error e imagino que su actitud impertintente, “pues no, no me lo han dicho nunca”, creo que dijo Wode.
Y Wode, a partir de ese momento, esperó a ver si le volvía a pasar, pero dice que nunca más le ha pasado, y que lo que sí le pasa es que cada vez que tiene que dar el número se acuerda de aquella tonta mujer o de lo tonta que se puso.

Me descojono.

Yo no daba crédito, mientras ella me contaba aquello y me reía, a la par, un torrente de pensamientos se sucedían en cascada en mi cabeza mientras la iba escuchando, y no daba crédito: “Pero, ¿qué me está contando? Le pasa algo con el 23, y no sólo con el 23 ¡¡sino con el 23 23!! Otra tiene que tiene algo con este número, qué cosas, ¡¡¡Wode tenía que ser, quién si no!!!!
Alucino”.
Entonces comencé a contarle mi historia.
  • Pues a mí también me pasa algo con el 23 23, pero es que lo mío es muy tonto, es una cosa rara que me pasó un día sin más, sin venir a cuento...
  • ¿Con el 23 23?
  • Si, por eso me ha llamado tanto la atenciónlo tuyo. Verás, yo estaba en alguna estancia  con un radio reloj delante o con un reloj digital, hacía pocos años que se habían puesto de moda o en mi casa no habían relojes digitales de esos que se ven los números bien grandes, hablo de los veinte y pocos años. Pues nada, una noche sin más ni más, abstraida o como fuera, fije mi vista en el reloj y marcaba las 23:23, vale, y súbitamente y sin razón alguna, me gustó ese momento: “¡qué hora más bonita!”, pensé, y fue una extraña forma de sentir el tiempo o la vida o lo que fuera. Sé que esto que cuento no es muy ortodoxo, es raro, extraño, pero fue así, fue como si el tiempo se hubiera detenido y se hubiera parado en ese instante, y como si no hubiera nada más que ese instante, puro tiempo, pero como diría Agustín de Hipona, una eternidad, el caso es que la siguiente vez que mis ojos vieron otra vez el 23 23 recordaron aquel instante y brotó de nuevo aquella vivencia, no tan intensamente, hay que reconocerlo, pero estaba ahí, y era lo mismo: “¡la hora mágica!” llamó mi cabeza a aquel instante y a aquella cosa. Y desde entonces, siempre, cuando aparece el 23 23 delante de mí, pues algo se detiene, me sonrío a veces y lo saludo, saludo al tiempo o a lo que sea, sí, sí.
Wode me escuchaba.
  • ¡Qué casualidad de 23 23!
  • Ya te digo...
  • Pues ahora nos vamos a acordar la una de la otra con el 23 23...
  • Pues sí.
  • Cada una con su 23 23.
  • Si, ¡qué cosas!
Risas.

Y después hablamos de más cosas, y al final acabamos haciéndolo del Gordo y el Flaco:
  • Nunca me han gustado -decía Wode.
  • Ni a mí.
  • Son pareja, dicen que eran pareja, que estaban casados.
  • No me los imagino...
Y no sé cómo estaría mi mente, desde luego hecha fosfatina porque esto fue lo que le dije:
      • ¿Qué estaban casados? ¿cómo iban a estar casados? ¡¡No puede ser!! ¿cómo iban a estar casados?
      • Sí, sí que lo estaban y eran pareja. ¡¡¡Ja, ja, ja!!! -se rió Wode al ver mi cara-, no, ¡estaban casados, pero cada un por su lado!
      • Dios, Wode, ¡no me desmontes la niñez!,¡¡ por un momento se me ha desmontado la niñez!!
      • Sí, Zapatero..
      • Pues eso es, el matrimonio Zapatero no podía existir en aquella época, ¡menudo susto me has dado! 
Ahora nos reíamos de mi cabeza y de su extraña y disparatada literalidad.
  • Pues los vi hace poco tiempo y, para mi sorpresa, me hicieron gracia -dije yo.
  • Sí, es que son absurdos, a mí también me pasó la última vez.
  • Pues tenemos que ver un corto o alguna peli...
Y ya al día siguiente por la mañana Wode comenzó a poner música:
  • Escucha esto. Es una canción que conozco de pequeña, era un single que me tocó en una bolsa de pipas.
  • ¿Cómo?
  • Sí, un día fui al kiosko como tantas veces y me salió un premio en una bolsa de pipas, entonces fui tan contenta a recogerlo y ver lo que me había tocado y me dieron un single, y cuando lo oí no me gustó nada, ¡qué chasco me llevé!
Esto me lo contaba mientras escuchábamos la canción.
  • Pues no está tan mal, está bien, bastante bien...es alegre... y muy divertida.
  • Sí,ahora me gusta pero entonces yo no entendía, yo esperaba otra cosa, las cosas que yo oía entonces, y me tocó esto...
  • Pues está gracioso aunque me está poniendo la cabeza loca.
  • A mí también.
Nos reímos, bajó el volumen, terminamos de ver el video y luego siguió con otras músicas. 




Acabo de buscar y de encontrar esto.

                                                                                                             
                                      

 ¿Qué tal? 


  















sábado, 23 de enero de 2016

Caldo alcalde

Hace un par de sábados por fin quedamos después de un año sin vernos.

Ninguna y yo nos solemos ver los sábados por la mañana, ya muy avanzada ésta. Siempre llega tarde alguna, unas veces le toca a ella y otras me toca a mí.

Una coca-cola, una cerveza y unas aceitunas, siempre en terraza y buscando el sol. Eso si no nos da por ir a ver trapos:

  • Te he cogido esto, he pensado que te va...

Y llegan los regalos, normalmente las dos tenemos regalos que vamos acumulando de un sitio o del otro o lo que sea.
Esta vez me inundó de regalos, todos preciosos, todos envueltos con primor. Esto es así desde los nueve años, que me acuerdo que me trajo un muñequito monísimo con pantalón de peto de cuadros escoceses de su primera estancia solita en el extranjero.

Me encanta ponerme las cosas que me trae; me las pongo tanto que las pierdo en el autobús cuando me maquillo y me arreglo al amanecer camino del trabajo. Nunca las develven. Algunas son tan especiales que las tengo grabadas en la memoria, no sé quién las llevará. Los pintalabios me los trae de Holanda, que me gustaron mucho los de una tienda de allí.

Y luego al supermercado. Como es muy grande, ella desaparece por un lado y yo por el otro, no hay líos (que también tienen su gracia) pero no, no sé cómo lo hacemos, pero aquí no hay líos.


                                      

Recuerdo una de tantas mañanas de sábado, era una primavera, ya casi verano,  de los primeros
2000; lo estoy viendo casi como si fuera ayer, comentábamos esto y lo otro y salió a la conversación un disco de Bryan Ferry:

  • ¿Te gusta?
  • Me encanta.
  • Me alegro un montón...
  • ¿Y cuál es la canción que más te gusta?
  • Umm...

Unos segundos después las dos exclamamos al unísono el título de la misma canción. Y nos reímos complacidas.




Bueno, espero no tardar un año en volver a verla y así se lo dije; nos despedimos con nuestros dos besos y empezamos a caminar cada una en su dirección, y nos separaban ya bastantes metros cuando ella exclamó una frase. Me quedé atónita, no me podía haber dicho nada mejor.

Y es que ni la mejor pastilla del mundo.




Me voy al súper, ella no está, estrenaré unos pendientes y una pulsera.

jueves, 14 de enero de 2016

Wave



 

                         Ayer me encontré esta perla casi por casualidad


                                         

 

miércoles, 6 de enero de 2016

Magninde

Tengo una canción metida en la cabeza días. He aquí su historia:

    - Pascual, vengo porque me quiero ir a un concierto a Madrid pero tengo 39 de fiebre.

Me hizo preguntas y me auscultó.
  • No deberías irte, tienes mucha fiebre.
  • Vale, sí, pero es que viene un músico que me gusta mucho, es una ocasión única y no me lo quiero perder por nada del mundo...
  • Ya.. pero..
  • Pero, ¿cuánto puedo empeorar? ¿qué es lo que me puede pasar si me voy?
  • Que te desmayes, no es que te vaya a pasar pero con tanta fiebre...
  • Bueno, vale.

Me cuidé unas horas y por la tarde salimos cagando leches para Madrid en aquel septiembre de finales de los 80.
El coche no rozaba la calzada, Alberto conducía siempre a tal velocidad (y magníficamente, todo hay que decirlo), que el coche parecía no rozar la calzada, esto que digo se correspondería con los dibujos de los tebeos en donde hay un espacio entre los coches y la carretera y los ocupantes llevan los pelos hacia atrás con cara de velocidad.
Yo sudaba y sudaba, horas, todo el trayecto me lo pasé sudando y les decía: “cerrad las ventanillas que me voy a quedar tiesa”. Cuando llegué a Madrid no quedaba ni asomo de fiebre, nada, pero estaba debilucha. Y llegamos al Palacio de los Deportes, y allí casi empezaba ya el concierto, no, empezaba ya, y estábamos en alto, en las gradas, y salieron los teloneros.

Percusión, instrumentos eléctricos, instrumentos étnicos que yo no conocía, bailarinas y bailarines fabulosos vestidos con sus trajes populares: alegría, color, mucho color, ritmos y bailes frenéticos, puf, ¡vida a raudales!
Nadie los conocía y estábamos todos boquiabiertos, maravillosamente pasmados.

Bueno, pues en ésas, y después de varias canciones, sonó una dulce y bonita a más no poder.

Y después vino Peter Gabriel, la actuación de Peter Gabriel fue también formidable, soberbia. Una descarga de adrenalina y de endorfinas total: toda una ceremonia colectiva.

Y no se volvió a saber nada de aquella gente, de los teloneros, nada de nada.




Pasaron meses y un fin de semana fuimos a Mojácar. La carretera entonces era bastante mala, llena de curvas y algún que otro barranco, y también precipicios, una carretera muy cerrada, estrecha y con muchos kilómetros así; como de camino había lugares interesantes parábamos para comer o lo que fuera:

  • ¿A dónde vamos? ¿cuánto queda para llegar a alguna parte? pregunté después de muchas muchas curvas
  • A Cabroneras, me contestó Alfonso muy cabreado.

Ja, ja, ja, todavía me río.

Por la noche, en un pub precioso en la orilla de la playa, muy cool y lleno de guiris, un chiringuito totalmente acristalado desde el que se sentía la noche y el mar, me dije a mí misma: “aquí van a tener esa canción...” así que me fui hacia el DJ:

  • Hola, me gustaría pedirte algo aunque no sé si podrás hacerlo. Hace unos meses escuché una canción preciosa que no sé cómo se llama, tampoco me acuerdo del nombre del grupo, eran los teloneros de Peter Gabriel en Madrid, la canción era una canción lenta muy bonita... ¿te suena algo, conoces lo que te digo?
  • Ahora mismo no, después lo veo.
  • Vale, gracias.

No me dijo más, me fui de allí sin mucha esperanza; el tipo era muy seco y yo no lo había puesto fácil, aún así yo esperaba prudente.

Y a la media hora o así, empezó a sonar aquella canción, y yo, al escuchar aquellas notas, de haber podido me hubiera comido el aire.

No pasó mucho tiempo que el disco se editó en España, y él se convirtió en un músico y activista de fama mundial.

                                                ..........               


Ayer por la mañana me desperté recordando algo de lo que había soñado.

Había soñado que alguien desconocido, que debía ser un senegalés o similar, me decía que “Magninde” significaba “el grano”; debí de ponerle cara de extrañeza a mi senegalés porque de inmediato añadió: “la semilla, el grano de Dios”. “Bonito” me decía yo en el sueño con contento, “le pega a la canción”.

Viendo las noticias matinales se lo conté a Gabriel y él intentó descubrir su significado real sin conseguirlo; la verdad es que yo sentía curiosidad también, entonces, cuando iba a intentarlo otra vez le dije: “casi prefiero no saberlo, pensándolo bien, así está bien... mejor déjalo...sí, sí, así está bien”

- Y mira, Gabriel, lo que he soñado después:

Yo me encontraba con cuatro personas más (que no tengo ni idea de quiénes eran pero que conocía de algo) en un lugar abarrotado de gente que guardaba largas colas para lo que fuera; era un lugar oficial, burocrático, y no sé qué hacíamos allí muy bien, cualquier papeleo administrativo, el caso es que, súbitamente, dos miembros importantes de un partido político se dirigieron a nosotros ofreciéndonos y pidiéndonos, ambas cosas, sí, ¡que aceptáramos ser diputados!
Risas

Pero, ¿qué es esto?¿pero cómo es posible que esta gente nos planteen semejante cosa? Esta gente ¡improvisan diputados!”- me decía yo-, y como si leyeran estos pensamientos y para justificarse (pues era obvio que aquello requería de una justificación) nos decían: “Es que es en estos instantes se está constituyendo formalmente el Parlamento, los diputados deben tomar posesión de su cargo y nos han fallado unos cuantos de los de nuestras filas, y como vosotros parecéis de una ideología afín...” “¿Ideología afín? ¿cómo sabe este hombre cómo pienso yo?” -me seguía diciendo yo-, “el caso es que lejos no ando pero... ser diputada..., ¡convertirse ahora en diputada!...¡qué trajín!, ¡qué pocas ganas!, y...además, ¿cómo compatibilizo yo el trabajo y esto?, me tendría que leer un montón de legislación y de documentación de todo tipo...¡menudo follón!!”
  • ¡Uf!! ¡ Y no veas qué alivio al despertarme!
Más risas.





lunes, 4 de enero de 2016

Deprisa, deprisa

Dejo aquí los dos últimos descubrimientos musicales del año que se fue. Nada que ver el uno con el otro.
Éste primero es actual, del mismísimo 2015, aunque parece de los 70 ¿? No me explico muy bien cómo es que lo aguanto con el “rollito medieval, celta y hippy”, pero así es la cosa. Pues un botón de muestra.




Éste otro de Michael Franks, no es ninguna novedad, es de 1977, pero yo lo he conocido ahora. Es delicioso, y éste sí que está llamado a perdurar.
Pues otro botón de muestra. 



 
¡¡Deprisa, deprisa, que van a dar ya las campanadas!! ¡¡¡ Hay que ponerse algo rojo, hay que llevar algo rojo!!!




sábado, 2 de enero de 2016

La gloria de los colores



   


Dice Punset:

Creo que fue Newton, que parece ser que lo sabía todo, quien dijo: “me encantaría saber los mecanismos por los cuales la percepción visual del universo se transforma en la gloria de colores”

 
                                             
                         
                                           El grupo es Dungen




jueves, 12 de noviembre de 2015

Esa luz y todo eso

De vez en cuando me acuerdo de un momento peculiar: un momento entre la tele y yo.

Yo debía tener unos veintidós o veintitrés años, no sé, quizá alguno menos pero no más.
Estaba en casa de mis padres, en el salón, y estudiaba algo, no sé qué materia pero sé que preparaba algún examen; como me aburría con el silencio de la estancia y no debía tener demasiadas ganas de estudiar pues me puse la tele para que aquello me fuera más liviano. Estaban echando un partido de fúbol, era la Copa de América, y o jugaba Brasil o se jugaba en Brasil, no me acuerdo, pero Brasil tenía que ver.

A mí ya me gustaba Brasil desde pequeña, desde muy niña, y eso era así porque mis hermanos mayores tenían un par de discos de Astrud Gilberto y los ponían mucho, y a todos nos gustaban un montón, así que cuando sonaba nadie decía de quitarlo ni de poner otra cosa: unanimidad total.
Aquella música era una delicia y a mí me trasportaba no sé a dónde porque tenía mucha imaginación y porque leía, entre otras cosas, enciclopedias (una enciclopedia alemana magnífica con unas tapas azul turquesa preciosas) y un gran libro con tapas muy gruesas, “Las maravillas del mundo”, que me hacía soñar con esos mundos de Dios (recuerdo las fotos de Río de Janeiro y de Brasilia).
Pues lo único que me faltaba era la música, y también estaba.
Recuerdo también que en la pubertad se me ocurrió establecer correspondencia con chicos y chicas de otros países, y uno de ellos era un chico brasileño que vivía en Sao Paulo, y me contaba cosas de allí y me mandaba sellos, que por entonces me dio por coleccionar aunque esa colección nunca prosperó: hay que tener mucha paciencia y verdaderamente mucho interés para ser coleccionista de lo que sea.

Pues como decía antes, estudiaba viendo aquel partido que se jugaba en una franja horaria distinta, no sé cuántas horas de diferencia habría, el caso es que una de las veces que levanté los ojos de los apuntes y miré la tele, vi a los jugadores corriendo detrás del balón y la hierba tenía un color precioso, y entonces vi que es que había una luz fabulosa que no conocía: yo no había visto nunca aquella luz. Y me quedé perpleja ante esa belleza, no podía quitar los ojos de la pantalla. Era de una belleza incontestable.
Entonces, entonces tuve un pensamiento o una emoción o las dos cosas que casi me turbó, no, sin casi, me turbó: me di cuenta, me sorprendí a mí misma diciéndome que si alguna vez fuera a un sitio con esa luz, a Brasil, pues que “se me iría la cabeza”, que allí yo sería otra. 
¡Qué cosas!
 
En aquella época la vida era oprimente, con sus luces y con sus sombras, auque ahora, desde la distancia, se percibe más el resplandor.
 
No he ido a Brasil. Hace mucho tiempo que sé que el viaje a Brasil sería un viaje turístico, aunque no un viaje cualquiera, eso tampoco.
No sé si iré o no. Si voy, estará bien, habrá que ver cómo es realmente su luz, no niego que esto me gustaría, y si no voy, también estará bien porque Brasil ya cumplió su papel.
Con el tiempo me he dado cuenta, quizá es algo muy obvio, pero yo me he dado cuenta a lo largo del tiempo y del espacio de que cada sitio tiene una luz.
Eso es lo que me gusta de estar en los sitios, de las personas, y también de la vida: la luz.

El disco era Beach-Samba.



                                       
                                        


Bola extra: dejo aquí esta maravilla.





Y digo yo, ¿fue la luz o fue la música? 
  


                                                               Leivinha haciendo un chilena


viernes, 6 de noviembre de 2015

Earth

Esta canción es una felicidad; la conozco años y cuando suena en mi MP3 me alegra todas las células del cuerpo. Al principio no le presté atención a la letra, luego me di cuenta de que era una canción religiosa y me quedé contrariada: “pero, ¿es que soy tonta? ¡Qué más da!!!”, me dije a mí misma. Y me pareció igual o más bonita.

Save me. ¿Quién no quiere ser salvado? ¿Quién no quiere que salven a los suyos?

Adoro a Paddy McAloon, el alma de Prefab Sprout. En el 2013 sacó un disco y leí una entrevista a propósito de ello; en ella contaba que había estado enfermo y que por las noches se despertaba sobresaltado sintiendo que tenía todavía muchas cosas que hacer, muchas canciones por sacar, muchos proyectos. Y no sabía si iba a poder hacerlos. Y luego salió adelante de aquello y sacó el disco. Lo que yo leí en aquella entrevista me pareció un ejemplo de valentía y humanidad.

Bueno, pues aquí una de sus canciones; tiene muchas maravillosas.



                                     
                                    

lunes, 26 de octubre de 2015

El Pequeño Azul

Hay sitios especiales.

Escuchaba el nombre de aquel lugar, me sonaba bien, la palabra me gustaba y me imaginaba cómo sería y deseaba conocerlo. Yo nunca había veraneado en la playa, los otros chicos y chicas tenían casa en la playa y hablaban emocionados de sus pandillas con las que año tras año se reencontraban, y yo no. Aquello no era fácil de llevar.

Y llegó el día en el que conocí aquel sitio. No lo recuerdo exactamente pero sí recuerdo aquellos días. Fue con Jazmín, íbamos a casa de unos familiares suyos a pasar fines de semana.

Paseábamos, bajamos a la playa, nos reíamos de todo y también había sus momentos de recogimiento.

En el paseo marítimo, ya al final, lleno de palmeras, recuerdo un atardecer precioso sentadas en unos columpios escuchando con nuestro cassette Philips el Even in the Quietest Moments y el Love Songs. Era invierno. Las dos nos acordamos de aquella tarde, alguna vez lo hemos hablado.


                                                                  
                                                                                       Cortesía de Wode

Después hubo bodas, nacimientos, bodas y nacimientos de seres muy queridos.
Y las salidas con los primeros chicos, chicos educados y sensibles a los que no volvimos a ver pero de los que todavía nos acordamos. Y luego discotecas al aire libre en un verano triste que mi querido amigo Guillermo, al que conocí aquel verano allí, se encargó de suavizar junto con Moh y con Jazmín. L'ets dance. Y olas y rocas, y otras casas, y otros amigos muy queridos, y conciertos deliciosos por la noche en la orilla de la playa, y seres queridos de otras especies, y risas y comidas, y noruegos imaginarios y desconocidos que tendían sus sábanas al sol (previo pago por ello) enfrente de la casa de Silvia.

Nunca nada malo, bueno, tuvimos un accidente de tráfico a los dieciséis del que nos dijeron las personas que acudieron a socorrernos que “habíamos vuelto a nacer”. Hubo suerte, sí. Y también hubo un rato que nos hizo pasar mi loco perrito (al que Moh bautizó así como su primer nombre, y no se equivocó, no). Pues bien, íbamos a una playa en la que se admitían perros Estrella, Cati, Loco y yo, y soltamos a Loco al llegar a la arena ¿y qué hizo él?: pues empezar a correr como si fuera un gamo (era el más rápido del parque y del barrio) y saltar por encima de la gente que dormía o tomaba el sol tumbada sobre su toalla, saltaba por encima de sus cabezas y cuerpos levantando arena por todas partes. Yo, siguiéndole con la mirada y con los pies, cada vez que veía que iba a saltar a alguien le rogaba al cielo en mi interior “que no falle, que no falle, que no se caiga encima de nadie”. Zigzageaba de aquí para allá a la velocidad de las centellas y, por su puesto, no servía para nada llamarle ni ir detrás de él, cosa que yo hacía a la vez que le iba pidiendo perdón a todo el mundo (nadie se enfadó, les estuve infinitamente agradecida). Los saltos fueron completamente limpios, todo un campeón, menos mal. Bueno, pues no contento con eso, cuando conseguimos atraparlo se metió al agua detrás de Caty que se había adentrado donde ya no se hacía pie. Yo no me había dado cuenta, de repente lo eché en falta y lo vi nadando hacia Caty que estaba muy muy lejos y de espaldas a nosotros. Me metí al agua, comencé a llamarla, no me oía, seguía nadando y llamando a Loco y a Caty, y no me oían, y Caty que no se daba la vuelta y Loco cada vez nadaba más lento y más agobiado, y yo seguía nadando y llamándoles y Loco casi parado ya, y ella que no se volvía y yo que no llegaba y, por fin, él llegó hasta Caty y la rozó, y ella pegó un grito del demonio porque no sabía si era una medusa, un pez grande o qué, y allí se vio al pobre Loco delante de ella, y lo tomó, y él continuaba moviendo sus piernas como si siguiera nadando, y lo sacamos del agua y continuaba así, continuó así su tiempo: parecía el conejito de Duracell ¡qué lástimica, ay Señor! Y ya tuvimos bastante playa por ese día (no creo que estuviéramos más de media hora) y nos fuimos de allí, después de reponernos del susto, llevándonos a Loco envuelto graciosísimo en una toalla. ¡La que lió! Me río y suspiro.

En fin, ¿qué tienen algunos sitios que sin pertenecer a ellos la vida te lleva una y otra vez allí? Los seres queridos con los que he compartido tantas cosas no tenían nada que ver lo unos con los otros ni las razones por las que he ido recurrentemente, pero allí hemos vivido, y vivimos. Pues muy curioso y bonito. Y raro.

Ese sitio lo llevo en el alma desde aquella tarde de invierno y desde entonces forma parte de mí o yo parte de él, de aquella tierra y de aquellas aguas.


                                                               
                                                                                           Cortesía de Estrella

Empezó aquel atardecer con Jazmín y continuó y continúa, la última vez con Benito y Wode, pero en esta ocasión fue al amanecer y la banda sonora era una pieza de música clásica cuyo nombre no recuerdo y también Caetano Veloso, como no.






...No sé por qué metí la mano en aquel buzón, ni idea. El caso es que cuando quise sacarla el anillo que llevaba, un anillo que Ninguna me trajo de esos mundos de Dios, se escasquetó y me quedé con que no podía sacar la mano, yo sabía que antes o después saldría de aquello pero ¿cuánto tiempo iba a transcurrir y cómo se iba a resolver? Yo ya nos veía llamando a un cerrajero ...(extraña faena, aunque habrán visto de todo). En fin, Wode estaba dentro, en el patio, y yo fuera, en el exterior: “Wode, no puedo sacar el dedo”. Wode me miró incialmente con preocupación pero en una fracción de segundo estalló en carcajadas. “La estrello, yo la estrello” pensaba yo en mis adentros, “si será canalla..” pero en otra fracción de segundo yo, al verla, estallé también en carcajadas. Y ninguna de las dos podíamos parar, ella dentro y yo fuera. Ya no la estrellaba, al revés. Recuerdo la incomodidad de la risa porque no tenía libertad corporal con aquel dedo metido en el buzón. 
En ésas pasó un familiar de ella, una mujer, y nos vio en aquella situación que, inicialmente, no entendía o más bien no entendía nuestra reacción : “¿Qué pasa?, ¿Qué estáis haciendo?”. Y nosotras no podíamos contar aquello, decíamos frases sueltas entrecortadamente: “Que ha metido el dedo...” sin acabar la frase por la risa. Y ella miraba a Wode y luego me miraba a mi, y no sé lo que pensaría porque su cara era un poema, el caso es que, al final, como asumiendo no sé muy bien qué, dijo: “Vaya pareja”.
Bueno, poco a poco se nos fue pasando el ataque de risa y ya Wode fue a por unas llaves y abrió el buzón por detrás y ya conseguí sacar mi dedo. 

La foto es falsa. Cuando Benito y Silvia volvieron del Este se lo contamos y decidimos inmortalizar el momento, así que es una toma falsa. Ellos también tenían sus cosas que contar.



 

                                                         Deep blue sea de Brian Eno

domingo, 11 de octubre de 2015

Life is a...




Se van”, pensaba yo hace unos meses.
Se han ido. ¿Se han ido?

Wode me dijo: “cuenta algo sobre el trabajo”; en realidad, me invitaba a inventarlo y a hacerlo de otra forma muy diferente. Pero es que yo quiero hablar de ellos.

El trabajo puede ser algo tedioso, alienante y hasta infernal. Sí, ha habido épocas en las que el trabajo era un infierno y épocas en las que se sobrevellevaba, y épocas felices también, sí, ha habido de todo; la verdad es que después de una época anterior de bastante sufrimiento ya estaba bien que llegara la felicidad.

Todo comenzó hace tres años.
Allí estaban, atentos, respetuosos, expectantes.
Recuerdo que nos veíamos a primera hora y daba encanto estar allí.

Al año siguiente volvimos a vernos. Todo lo que les proponía lo recibían con los brazos abiertos, confíaban en mí, se dejaban llevar aunque no eran acríticos, nada de eso.
Y yo intenté no defradudarles demasiado.

Y la cosa fue a más y más, y no paró.




Este año, allá por marzo o abril les dije: “ Es la última primavera que pasamos juntos. Lo digo por todos pero sobre todo por vosotros, que algunos estáis juntos desde niños, así que vamos a disfrutarlo”. “No, no, no digas eso, no....” exclamaban con tristeza pero sonriendo. “Sí, sí, sí lo digo”




Y lo aprovechamos todavía más.
Ya desde el otoño nos juntábamos un rato extra fuera del horario, a solicitud de ellos, para estar juntos y hablar del mundo y de los hombres. Era los miércoles a media mañana en la hora del descanso.Y fue llegando el final.
Recuerdo los miércoles cuando la mañana se acababa  y que nos volvíamos a ver, esta vez de forma obligatoria; estábamos cansados todos y, sin embargo, ellos daban el do de pecho y aquello te animaba a hacerlo lo mejor que supieras.
Me hicieron sentirme útil y también querida. Manifestaban entusiasmo, el mismo que yo también sentía, así que aquello era una espiral magnífica donde nuestras mentes aprendían, porque mientras yo les enseñaba yo también pensaba y aprendía, aquello era cosa de todos. Y las cosas del corazón  también estaban allí: ellos no tenían problemas para decirme cosas preciosas, ni yo tampoco en decírselas a ellos, así que un día, me encontré corazones por todas partes (me sonrío), y a mí que nunca han vuelto loca, pues bien, aquellos me supieron a gloria, y yo también contesté con corazones, claro que sí.




En nuestro último miércoles, en el descanso de aquel miércoles de finales de mayo, yo llegué tarde a la cita; allí se encontraban ellos y otros compañeros míos que se habían sumado a aquella pequeña comunidad. 
  • Hola, perdonad el retraso, ¿de qué va la cosa hoy?¿de qué estáis hablando?
  • Ay, Mariplatónica, estamos hablando sobre la vida.
  • Ahhhh, vaya, vaya.
  • Y, ¿qué habéis dicho?
  • Pues que nos asusta, que estamos agobiados, que ahora mismo la vemos muy complicada.
  • Bueno, las cosas no están fáciles, es verdad, pero ningún tiempo es fácil, y antes o después se sale adelante si uno se empeña, ya saldréis por algún lado, ya veréis.
Y entonces mis compañeros comenzaron a hablar de que los comienzos son difíciles y de todo eso.

Ya no quedaba tiempo, estábamos a punto de reiniciar las clases, entonces me preguntaron:

-¿Y tú, Mariplatonica, que nos dices de la vida, qué dices tú?

Yo me quedé pensando, no sabía qué decirles en ese momento, esperaban algo y entonces me vino a la memoria una frase:

- Pues... yo digo que vais a tener que luchar, que de hecho lo estáis haciendo ya, y que tendréis que competir (aquello me recordó por un momento a una película americana de esas sentimentaloides que echan los domingos por la tarde en la siesta) y que os caeréis y que os levantaréis y que volveréis a caeros, y que os fallarán y que fallaréis, y que os darán ganas de abandonar, y que continuaréis y que se os secará el corazón y así... pero, en medio de todo eso, yo os quiero decir algo que un familiar mío gusta decir de vez en cuando y que me vale y es:  “que la amargura no pueda con el amor...”

Se hizo un silencio largo. ¡Tenían una caritas...! Nos mirábamos, nos sonreíamos y tocó el timbre.

Y la semana acabó, y tiempo después hubo una ceremonia que fue muy graciosa, ésta sí, que se celebró en un salón de actos abarrotado de gente. Se abrió el telón y allí estaban ellos, y detrás de ellos una gran pantalla con fotos y dibujos y cosas de ese tipo y en la esquina superior derecha había unas palabras proyectadas: “que la amargura no pueda más que el amor”

No se han ido, nadie se ha ido: todos teníamos tantas ganas de estar juntos que nos volvimos a ver una noche de septiembre,  y el miércoles pasado, estando yo en el aula enfadada y muy cansada a última hora de la mañana, a la misma hora que les daba clase a ellos, llaman y se abre una puerta, tachín-tachán: allí estaban.

Pues si ahora me dijeran que qué les podría decir de la vida les pondría esta canción:



De 10 CC ya hablaremos otro día, es un grupo fabuloso y tiene una de las canciones más bonitas que he conocido en mi vida.




Y la verdad es que el miércoles por la mañana estaba reventada, con un sueño que me moría y el trabajo me costaba lo indecible pero desde el principio hasta el final fue una mañana preciosa, alegre y feliz.