“Se
van”, pensaba yo hace unos meses.
Se han ido. ¿Se han ido?
Wode me dijo: “cuenta algo sobre el trabajo”; en realidad, me
invitaba a inventarlo y a hacerlo de otra forma muy diferente. Pero
es que yo quiero hablar de ellos.
El trabajo puede ser algo tedioso, alienante y hasta infernal. Sí,
ha habido épocas en las que el trabajo era un infierno y épocas en las que
se sobrevellevaba, y épocas felices también, sí, ha habido de
todo; la verdad es que después de una época anterior de
bastante sufrimiento ya estaba bien que llegara la felicidad.
Todo comenzó hace tres años.
Allí estaban, atentos, respetuosos, expectantes.
Recuerdo que nos veíamos a primera hora y daba encanto estar allí.
Al año siguiente volvimos a vernos. Todo lo que les proponía lo
recibían con los brazos abiertos, confíaban en mí, se dejaban
llevar aunque no eran acríticos, nada de eso.
Y yo intenté no defradudarles demasiado.
Y la cosa fue a más y más, y no paró.
Este año, allá por marzo o abril les dije: “ Es la última
primavera que pasamos juntos. Lo digo por todos pero sobre todo por
vosotros, que algunos estáis juntos desde niños, así que vamos a
disfrutarlo”. “No, no, no digas eso, no....” exclamaban con
tristeza pero sonriendo. “Sí, sí, sí lo digo”
Y lo aprovechamos todavía más.
Ya desde el otoño nos juntábamos un rato extra fuera del horario, a solicitud de
ellos, para estar juntos y hablar del mundo y de los hombres. Era los
miércoles a media mañana en la hora del descanso.Y fue llegando el
final.
Recuerdo los miércoles cuando la mañana se acababa y que nos
volvíamos a ver, esta vez de forma obligatoria; estábamos cansados
todos y, sin embargo, ellos daban el do de pecho y aquello te animaba
a hacerlo lo mejor que supieras.
Me hicieron sentirme útil y también querida. Manifestaban
entusiasmo, el mismo que yo también sentía, así que aquello era
una espiral magnífica donde nuestras mentes aprendían, porque
mientras yo les enseñaba yo también pensaba y aprendía, aquello era cosa de todos. Y las cosas del corazón también estaban
allí: ellos no tenían problemas para decirme cosas preciosas, ni yo
tampoco en decírselas a ellos, así que un día, me encontré
corazones por todas partes (me sonrío), y a mí que nunca han vuelto
loca, pues bien, aquellos me supieron a gloria, y yo también
contesté con corazones, claro que sí.
- Hola, perdonad el retraso, ¿de qué va la cosa hoy?¿de qué estáis hablando?
- Ay, Mariplatónica, estamos hablando sobre la vida.
- Ahhhh, vaya, vaya.
- Y, ¿qué habéis dicho?
- Pues que nos asusta, que estamos agobiados, que ahora mismo la vemos muy complicada.
- Bueno, las cosas no están fáciles, es verdad, pero ningún tiempo es fácil, y antes o después se sale adelante si uno se empeña, ya saldréis por algún lado, ya veréis.
Y
entonces mis compañeros comenzaron a hablar de que los comienzos son
difíciles y de todo eso.
Ya no quedaba tiempo, estábamos a punto de reiniciar las clases,
entonces me preguntaron:
-¿Y tú, Mariplatonica, que nos dices de la vida, qué dices tú?
Yo me quedé pensando, no sabía qué decirles en ese momento,
esperaban algo y entonces me vino a la memoria una frase:
- Pues... yo digo que vais a tener que luchar, que de hecho lo estáis
haciendo ya, y que tendréis que competir (aquello me recordó por un momento a una película americana de esas sentimentaloides
que echan los domingos por la tarde en la siesta) y que os caeréis y que os levantaréis y que volveréis a caeros, y
que os fallarán y que
fallaréis, y que os darán ganas de abandonar, y que continuaréis y
que se os secará el corazón y así... pero, en medio de todo eso,
yo os quiero decir algo que un familiar mío gusta decir de vez en cuando
y que me vale y es: “que la amargura no pueda con el amor...”
Se hizo un silencio largo. ¡Tenían una caritas...! Nos mirábamos,
nos sonreíamos y tocó el timbre.
Y la semana acabó, y tiempo después hubo una ceremonia que fue muy
graciosa, ésta sí, que se celebró en un salón de actos abarrotado
de gente. Se abrió el telón y allí estaban ellos, y detrás de
ellos una gran pantalla con fotos y dibujos y cosas de ese tipo y en
la esquina superior derecha había unas palabras proyectadas: “que
la amargura no pueda más que el amor”
No se han ido, nadie se ha ido: todos teníamos tantas ganas de estar juntos que nos volvimos a ver una noche de septiembre, y el miércoles pasado, estando yo en el aula
enfadada y muy cansada a última hora de la mañana, a la misma hora
que les daba clase a ellos, llaman y se abre una puerta,
tachín-tachán: allí estaban.
Pues si ahora me dijeran que qué les podría decir de la vida les
pondría esta canción:
De 10 CC ya hablaremos otro día, es un grupo fabuloso y tiene una
de las canciones más bonitas que he conocido en mi vida.
Y la verdad es que el miércoles por la mañana estaba reventada, con
un sueño que me moría y el trabajo me costaba lo indecible pero desde el principio hasta el final
fue una mañana preciosa, alegre y feliz.